La huella de su voz

La peregrina

Noviembre de 2005

La tarde en que Marie Lemarchand llegó cargada con una mochila azul y aire de peregrina, su silueta desfigurada por el temporal se confundió con el color del mar y las nubes, lo que la hacía casi invisible a ojos de cualquiera.

Sin embargo, en el pueblo la vieron todos.

Ese cuadro otoñal y lluvioso era, para ellos, el telón de fondo de unas vidas condenadas al aburrimiento hasta el punto que eran capaces de distinguir un pez saltando en las aguas de la bahía. Porque en ese pequeño pueblo asturiano, pegado al Cantábrico, nunca sucedía nada más allá de una cotidianeidad tediosa y lúgubre, sobre todo en esa época del año que comienza con el atraso de los relojes.

Caminó como si supiera dónde iba, sin apenas mirar alrededor suyo, ajena a los ojos curiosos que, parapetados tras los visillos amarillentos de las pocas casas habitadas del lugar, acompañaban con morbosa curiosidad su lento caminar. Quizás cruzando apuestas consigo mismos sobre el destino de aquella mujer que acababa de aparecer como salida de la bruma marina.

A su izquierda, el viejo malecón protegía la calle de los azarosos embates de un mar que, esa tarde, lanzaba sus olas con furia, como queriendo destruir lo que en siglos nunca había conseguido.

A su derecha, una sucesión de viejas casas convergía en la iglesia de San Esteban, moteada de viejo verdín musgoso que el mar había depositado década tras década. Mudos testigos del paso de un tiempo que, en Villacelán, parecía no transcurrir.

Marie llegó a la puerta de San Esteban calada de arriba a abajo. Ni siquiera el chubasquero con el que intentaba protegerse consiguió cumplir con su mínimo cometido: salvaguardar su precioso cabello dorado, que ahora goteaba como si quisiera rendirse al mar.

¿Qué hacía una peregrina en Villacelán? Para llegar al pueblo tuvo que alejarse bastante de las rutas del Camino, ni siquiera como alternativa figuraba. Por no contar, no contaban ni con albergue ni pensión que pudieran dar cobijo a aquella muchacha de espigada figura, melena rubia y ojos claros que, a vista de buen cubero, no parecía ser española.

Como poco, de más allá de los Pirineos.

Y estaban en lo cierto. Aunque nadie podía saberlo, Marie tenía veintidós años, y su historia había comenzado mucho antes de que la bruma del Cantábrico borrara su silueta en aquel atardecer.

Refugiada bajo el pórtico de la iglesia de San Esteban mientras el temporal arreciaba con violencia, Marie empujó la puerta entornada para acceder al templo.

—Te rogamos, óyenos.

Fueron las primeras voces susurradas que escuchó mientras se quitaba el chubasquero y estrujaba su melena en un vano intento por enjuagarla. No más de media docena de viejas respondía a las plegarias del sacerdote, y a ninguna de ellas le pasó desapercibida la presencia de la joven; como si tuvieran ojos en la espalda.

Tampoco ignoró su presencia el sacerdote, —este sí, sin esfuerzo alguno, la vio de frente, desde el púlpito—, que, al finalizar el salmo y mientras volvía al altar, cruzó su mirada con Marie. Fue una mirada de piedad que lo llevó a preguntarse qué hacía esa criatura en Villacelán en una tarde tan tempestuosa, asumiendo de inmediato que lo que necesitaba era ayuda. Bastó esa mirada para que Marie entendiera que debía esperar a que terminase la ceremonia. Él la iba a ayudar.

El sacerdote pronunció el «Podéis ir en paz» y, tras la preceptiva genuflexión, se encaminó hacia la sacristía, seguido de una mujer veinte años más joven que él.

A la par, el coro de viejas beatas desfiló por el pasillo central del templo, pasando junto a Marie sin disimular su curiosidad, con miradas descaradas, como quien observa un bicho extraño con lupa de aumento.

Marie apenas se percató de cómo fisgoneaban su rostro, todavía perlado por el agua que seguía cayendo de su pelo, y centrándose en recuperar un mínimo calor que la rescatara del frío que había traído del exterior.

Don Julián la esperó en la sacristía, con la casulla todavía puesta y las manos cruzadas a la altura del vientre. Cuando Marie se acercó, él no dijo nada. Solo la miró con esa misma expresión serena que había dejado caer sobre ella desde el púlpito, como si su presencia no le sorprendiera, como si la hubiese estado esperando.

—Te has mojado mucho —afirmó al fin, en un tono más paternal que inquisitivo.

Marie asintió sin hablar. El cura inclinó la cabeza con un leve gesto de comprensión, y miró a la mujer que lo acompañaba.

—Emilia, ¿por qué no preparas algo caliente para la muchacha?

La mujer desapareció por una puerta lateral sin pronunciar palabra. Don Julián volvió a mirar a Marie, esta vez con un matiz más terrenal.

—No sé si tienes un lugar donde dormir esta noche, pero si no lo tienes, en la casa Abadía sobra espacio. Mi hermana y yo vivimos allí. No es un sitio lujoso, pero está seco y hay mantas.

Marie lo miró como se mira un refugio. Asintió de nuevo. No necesitaba más.

Don Julián colgó la casulla con lentitud, como si cada pliegue tuviera su lugar exacto. Luego tomó una pequeña lámpara de aceite de la repisa y le indicó a Marie que lo siguiera.

Caminaron en silencio por un pasillo estrecho que desembocaba en el patio trasero de la iglesia. La lluvia había amainado, pero el cielo seguía plomizo. La casa Abadía se alzaba unos metros más allá, discreta y sombría, con las contraventanas cerradas y una luz encendida en la cocina.

—Aquí nadie molesta a nadie —dijo el cura mientras abría la puerta—. Si necesitas quedarte unos días, puedes hacerlo. Emilia no habla mucho, pero cocina bien.

Marie cruzó el umbral sin decir palabra.

El silencio de Villacelán empezó a hacer su trabajo.

¿Qué secreto esconde Marie?

Veinte años después, su hermana Clara vendrá a buscar respuestas.

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